EL CORAZÓN Y LA RAZÓN
EL CORAZÓN Y LA RAZÓN
O de cómo hipertrofiar el amor a fuerza de naufragios.
Hoy quiero hablar sobre el corazón y la mente. Esa batalla entre lo racional y lo visceral, entre el sentimiento que arrastra y la razón que frena.
Porque quien se mueve por lo que le dice el corazón, tarde o temprano se encuentra ante la bifurcación de la razón que todo lo destruye: los sueños, las relaciones, el mundo que nos rodea.
¿Por qué?
Porque las pasiones y las razones no pueden ir de la mano sin romperse. Ya lo dice la frase: el corazón tiene razones que la propia razón nunca entenderá. Y en ese entender, el corazón nos arrastra por lugares hermosos y destructivos a la vez.
¿Quién no se enamoró perdidamente y luego vivió un infierno?
No porque el amor sea ingrato, sino porque, como la filosofía expresa, el amor es imposible. Y mucho más en tiempos de sociedades líquidas, en tiempos de digitalidad que aíslan cada vez más a los seres humanos de sus comunidades.
¿Cómo convivir con el amar y el pensar a la vez?
Aceptando.
Aceptando que ese fenómeno químico que el amor nos produce, tarde o temprano, caduca. Y la razón nos coloca entonces en un espacio liminal entre el amor y el desamor. La razón viene a demostrarnos, una vez más, que el amor se equivoca. Que puede fallar y errar. Pero eso no lo vuelve algo malo, sino todo lo contrario: el amor se vuelve humano. Frágil como nuestro propio cuerpo, con las limitaciones que esta experiencia conlleva.
¿Se puede llegar a un entendimiento entre el amor y la razón?
Lamento decir que no.
Pero con el tiempo, con el habitarse juntos, llegan a un acuerdo de paz. A un transitarse a pesar de.
Las pasiones nos llevan por caminos sinuosos que no tienen retorno. Y la razón, arrastrada en ese proceso, acompaña, susurra. Pero tarde se nos vuelve la capacidad de entendimiento, y en disonancia con el corazón, intentamos recuperar un relato que ya no cuadra en nuestro presente. Roto. Habitado en el desamor. Preparándose en el desierto de los duelos para volver a reconstruirse.
Para volver a ese ritual de individuación que nos trae nuevamente a nuestra propia orilla. Como náufragos los dos: el corazón y la razón. Náufragos solitarios en nuestra propia isla de decisiones y experiencias.
Porque si algo tienen en común el amor con la naturaleza es lo impredecible y lo volátil. La razón, en cambio, es el instinto de resguardo ante lo desconocido, ante la amenaza posible. Es esa voz que nos grita todo el tiempo que algo malo puede pasar.
Y tal vez tenga razón.
Pero la tripa arrastra una vez más. A sacar otro boleto a la mar. A ver si esta vez el naufragio no sucede.
Pero inevitablemente, esa tabla de madera flotando en el mar siempre será nuestro espacio en el mundo. La que nos sostiene cuando todo colapsa. Cuando no hay otra forma de sostenerse que aferrándose a lo propio para no morir en el intento.
Por eso el amor y la razón pueden tener momentos de tregua, pero son compañías incompatibles.
Lo que sí podemos dar por sentado:
El corazón no se equivoca. Sabe que puede perder, pero entrena su capacidad de amar al fallo. Como un músculo que se hipertrofia para ganar más capacidad de amar. Aunque en ese ejercicio, su recuperación requiera de meses, incluso años.
El corazón se hace más grande a fuerza de romperse.
Y el arte, el mío al menos, nace de ahí. De esa grieta. De ese naufragio. De aceptar que voy a seguir sacando boletos a la mar, una y otra vez, con el corazón hipertrofiado y la razón susurrándome al oído.




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