La deuda de lo impostergable

 


La deuda de lo impostergable


Me acostumbré a postergar el precio de asumir el dolor y me volví adicto a los analgésicos. Esos medicamentos no solo eran pastillas que ingería, sino también conductas que reprimían la emoción; conductas que me anclaban en el no-soltar por completo la vulnerabilidad y la fragilidad que el dolor exige para ser sentido en su pico máximo de estrés emocional. Asumí que si postergaba el dolor, sería feliz de manera infinita; que el dolor no merecía ser sentido y que era una forma de debilidad ante un mundo cada vez más hostil en sus tratos con el colectivo social.



Pero llegó un día en que la deuda emocional ya no solo era impagable, sino que no podía ser contenida por mi cuerpo. Primero fueron mis huesos, que se desgastaron. Luego, mis músculos se contrajeron ante el dolor eléctrico de los nervios, que impedían el movimiento. Finalmente, cuando mi cuerpo se detuvo por completo y mi universo comenzó a derrumbarse, la mente también se paralizó. No pudo seguir tirando del carro psicológico; se paró ante el mundo.


La deuda de dolor me mantuvo tan al margen de mí mismo, que tuve que hacerme cargo de ella poniendo el cuerpo para que sintiera, con lágrimas que pagaban los intereses acumulados de una moneda que me era ajena.



Ese dolor se había acumulado tras la creencia de haberme equivocado en todo.
Se había desbordado en las noches en que no paraba de llorar.
Se transformó en sufrimiento cuando mis proyectos se vinieron abajo.
Y no hizo más que trizar mi corazón cuando dejé de idealizar a las personas.


Ante la pérdida de trabajos o el rechazo de los demás, el dolor comenzó a sentirse en la piel como grietas que dejaban salir lágrimas carmesí.



Pero podría decirse que el dolor se volvió sufrimiento cuando me rompieron el corazón y, sin ya más crédito para seguir postergando la deuda, me desplomé en el suelo. Caí en un abismo infinito donde sentí la verdadera naturaleza de lo postergado: un tsunami emocional que te arrastra, te revuelca y te mueve entre olas inmensas que te quitan la respiración. Al hacer lo imposible por salir a flote, lo único que, por supervivencia, puede hacerse es dejarse llevar por la corriente, sin ninguna mano amiga que salga desde la superficie para rescatarte de esas profundidades. Es una experiencia unitaria de pérdida: cuando se va lo que más amas, cuando tus pasiones son arrancadas de tus manos como un robo en la oscuridad. Se siente el vacío, la ausencia de lo que ya no está, y la conciencia lúcida de saber que nunca lo volveremos a tener… ni a sentir como cuando lo teníamos.



Y esa deuda, ese dolor, se pagan no solo cuando lo sentimos todo de una vez, sino cuando lo aceptamos como propio, aunque se sienta injusto, aunque creamos no merecerlo. Una deuda del dolor que solo la aceptación transforma en compasión, en la rendición de permitir que nuestro ser se vuelva humano ante el dolor, haciéndose carne y pagando lo impostergable.


Y luego de pagar, me doy cuenta de que el mundo no termina. Sigue igual. Y tal vez la deuda vuelva a aparecer. Pero ya no importa, porque sé que soy suficiente para cumplir con lo que corresponda aceptar, incluso si siento que el mundo podría acabarse.




Pero entonces, una pregunta se abre paso, cruda e inevitable:

¿Las deudas seguirán cuando nosotros ya no estemos?

¿Persistirán cuando el mundo, finalmente, termine?

¿Es realmente correcto pagarlas, postergarlas o, acaso, no reconocer como propias aquellas que nunca firmamos?

¿Aquel dolor que no pedimos sentir, que no rompimos nosotros, pero que cargamos en mora, heredado como una losa por generaciones anteriores?

¿Hasta cuándo haremos cargo de algo que nunca fue nuestro?



Nota final: 


Este texto —"La deuda de lo impostergable"— nace no solo de la experiencia íntima del dolor postergado, sino también como un gesto de estudio en el sentido que Fred Moten y Stefano Harney dan al término: una práctica colectiva de pensamiento situado en los abajocomunes. Si el sistema nos enseña a medicar, administrar y negar el dolor —a convertir la quebradura en secreto—, aceptar la deuda emocional se vuelve un acto de insubordinación. Al hacer carne el dolor, al pagar lo impostergable, se desoye la llamada al orden que exige cuerpos productivos, dóciles y sin historial de fracturas. Esta escritura es, entonces, un ejercicio de deuda reconocida pero no reconciliada con un mundo que reparte quebrantos como si fueran fallas personales. Aquí no se pide reconocimiento al sistema, sino que se declara —en clave corporal— que algunas deudas se saldan solo rompiendo el contrato que las hizo parecer propias.



Escrito por: 


Nelson Ivan Simonelli 



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