Del Hueso Roto al Ánimo Quebrado
Para todos los que alguna vez han tenido que habitar el silencio como un acto de amor propio.
Del Hueso Roto al Ánimo Quebrado
Hay un lugar en el que el dolor se instala como un huésped no deseado.
Es la sensación de que tus huesos, el andamiaje mismo de tu cuerpo, parecen ceder.
En la artrosis, es la cadera—la que soporta el peso de todo—hundiéndose literalmente.
Cada paso, un recordatorio de que la base falla.
En la depresión, es el ánimo el que se hunde.
Como si la gravedad se triplicara sobre los hombros.
Arrastrando el ser hacia un fondo fangoso.
En ambas, moverte implica un dolor tan profundo que la opción menos dolorosa es no moverse.
El reposo se siente como el único refugio.
Una lógica perversa donde la autoconservación se confunde con la parálisis.
Es entonces cuando el silencio, la tristeza y la oscuridad de un rincón se convierten en el acto más amoroso.
No es rendición.
Es bajar la persiana ante un mundo cuyo exceso de luz, sonido y exigencia resulta abrumador.
En esa penumbra quieta, no hay que fingir.
El dolor puede, por fin, simplemente ser.
No se lucha contra él —no se tiene la fuerza— sino que se habita con él.
Se le permite ser un huésped pesado, un ocupante que cambia la arquitectura de todo.
Y desde esa aceptación sombría...
Desde este habitar la enfermedad...
Es que tal vez, muy lentamente, pueda comenzar el verdadero proceso de reconstrucción.
No echando al huésped.
Sino aprendiendo a vivir en la casa que ha transformado.



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