Moverse con depresión
¿Cómo se mueve un cuerpo con depresión?
Tal vez la pregunta debería ser:
¿cómo nos mueve la depresión?
¿Cómo nos arrastra esa sensación de no poder levantarnos del suelo, de sentir que nada tiene sentido en un mundo al que, aparentemente, ya nada le importa?
Un mundo donde priman estereotipos y estándares imposibles, donde la humanidad parece no tener cabida en una realidad cada vez más artificial y robotizada.
Y, sin embargo, seguimos. Nos movemos desde el suelo, luchando por no morir, al menos no todavía. Porque tal vez, en lo más profundo de ese corazón que se ha roto en mil pedazos, aún queda algo. Algo que persiste, a pesar de que romperse se ha vuelto algo habitual, algo que ya no se esconde, sino que se exhibe como una cicatriz, como una prueba de haber vivido, de haber recorrido y pateado kilómetros de experiencias.
Lo roto ya no es algo que deba ocultarse. Es una marca, un recordatorio de que, incluso en la fragilidad, hay resistencia. De que, a pesar de todo, seguimos aquí, arrastrándonos, levantándonos, rompiéndonos y volviéndonos a construir. Porque vivir, al fin y al cabo, es también eso: aprender a moverse con las grietas.
Y en ese espiral de deprimirse, alegrarse, morir y nacer, vuelvo sobre mí mismo. Ruedo en el suelo, sigo girando sobre la misma pregunta, esperando que, en algún momento, otra respuesta me caiga del cielo. Porque este suelo, árido y cansado, busca volverse fértil incluso en tiempos de sequía. Busca, en su desesperación, la semilla que lo transforme, la gota que lo revele como algo más que un lugar de caída. Algo que, tal vez, sea también un lugar de renacimiento.
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