El día que por fin pude hacer de la enfermedad un recuerdo
La posibilidad de comprender que el camino es el destino y no un punto de llegada, nos permite dar consciencia a cada pequeño paso que damos en las decisiones de nuestra vida. Ya no con una mirada plantada en la línea del horizonte a lo lejos, sino y muy por en contrario, acá nomás. Bien cerquita.
En los vínculos que formamos.
En los abrazos donde nos recostamos.
En las experiencias cotidianas.
En cada sí por cada no que damos.
En el valor incluso y por qué no también de lo efímero.
Apropiarnos del instante es también apropiarse de la vida en el momento presente.
Es tocar la vida.
Oler la vida.
Sentir la vida.
Mirar la vida.
Acariciar la vida
Vivir la vida.
Es incuestionable que la utopía, como bien decía Galeano, está ahí para motivarnos a seguir caminando. Pero...¿y si el propósito está tan cerca, pero tan cerca, que de mirar tan lejos no podemos verlo ?
Me encanta la idea de un futuro.
Tengo la agenda repleta de sueños por cumplir. De metas por tachar. De viajes por viajar.
De libros por leer.
Y otros tanto por escribir.
Pero algo, últimamente algo más potente se me cruzó en el camino.
Algo que huele a calma.
A lento.
A despacio.
A silencio.
A paz.
Supongo que la contemplación es un gran arma para la transformación personal.
Y entonces quizá sea eso.
Sentarme en el escalón.
Cerrar los ojos.
Dejar que me golpee el viento.
Sonreír como acto reflejo.
Respirar
Suspirar
Y agradecer.
Es momento de agradecer.
¿Qué cosa ?
Haber llegado.
¿A dónde ?
Adentro.
¿Dolió?
Mucho
¿Entonces ?
Sin barro no hay loto
Por eso, es que ahora, será que recién ahora, tengo los ojos llenos de flores. ¿Qué pasó antes ?
Se estaban regando, amigos.
Se estaban regando.
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